lunes, 9 de noviembre de 2009

De su día en el campo

Un domingo el señor Gurmendi se dirigió a las afueras de la ciudad y dejó una nota en el pomo de su puerta, sin más explicación ni complicación sintáctica que la siguiente: «a inhalar un oxígeno más puro, más limpio y más digno de respirar».

El campo estaba más seco que una mojama de Barbate, la hierba se había petrificado y las vacas miraban paralizadas del disgusto su propia sombra. Una de ellas, más astuta, más interesada y más comunicativa giró el cuello, sin quitar su noble trasero de la vista del señor Gurmendi, para contemplarle con cara de poco impresionada. Este levantó su cabeza con indignación, frunció las cejas y le dio al animal un sermón de los suyos. Acto seguido, satisfecho pero profundamente herido, se marchó de nuevo a la ciudad.

3 interpretaciones:

Toti dijo...

Muchas gracias por seguir Señor!
Estaré muy atento a sus anécdotas también.

Toti

Pd: No sabe la alegría que siento al encontrar a otra persona que se moleste en sermonear vacas!

Arami dijo...

jajajaja
:S

Yo tenia una vaca cuando chica, se llamaba Ñeca.
Era de las más tremendas de todas las que tenia mi papá.
Olia a leguas cuando la sal era un caramelo para que se las vacunen. Jamas en su vida pasó por un corralón y mi papá y el capataz, ya sabían que así sería y no dejaban de retarle por su terquedad... yo en cambio, le dejaba sal en un escondite. Era la vaca más inteligente de todas y las jodida también.
;)

Me gusta mucho esta imagen y la anécdota que contó señor Gurmendi.
:D

Mimí dijo...

Jajajaj, jajajaja, vente pa ca, está todo verde, pero no esperes que las vacas te muestren su lado amable, para eso tienes que le enseñarles algo suculento, jajajaj.

Un abrazo desde estos mares de encinas extremeñas.