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lunes, 9 de noviembre de 2009

De su día en el campo

Un domingo el señor Gurmendi se dirigió a las afueras de la ciudad y dejó una nota en el pomo de su puerta, sin más explicación ni complicación sintáctica que la siguiente: «a inhalar un oxígeno más puro, más limpio y más digno de respirar».

El campo estaba más seco que una mojama de Barbate, la hierba se había petrificado y las vacas miraban paralizadas del disgusto su propia sombra. Una de ellas, más astuta, más interesada y más comunicativa giró el cuello, sin quitar su noble trasero de la vista del señor Gurmendi, para contemplarle con cara de poco impresionada. Este levantó su cabeza con indignación, frunció las cejas y le dio al animal un sermón de los suyos. Acto seguido, satisfecho pero profundamente herido, se marchó de nuevo a la ciudad.