El señor Gurmendi no está seguro si la nieve que inunda las calles se presenta con objeto de amistad o si de lo contrario es más bien una intimidación del agua de lluvia, que piensa quedarse para someter la ciudad a la paralización del tiempo.
El señor Gurmendi se abriga excesivamente con varias capas de ropa vieja que guarda, para este tipo de ocasiones, en el sótano, y da los primeros pasos hacia el exterior de su casa. Su impresión es un tanto singular, y no acaba de completarse hasta llegar a su parque habitual, donde la capa de nieve no ha cogido el color oscuro de los humos de escape, sino luce un blanco de lo más espectacular y enternecedor. Ahora se sienta inmóvil en un banco y detiene el tiempo.
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domingo, 17 de enero de 2010
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