“Día que llueve, día que pocos salen de su casa”. Así suelen ser las personas del lugar donde habita el señor Gurmendi. Esto le motiva para salir a tomar café; un café con algo menos de leche que una manchada y ligeramente más que un café con leche. Opta entonces por un bar junto al mar, despliega una silla y pone una mesa en posición horizontal. Vierte solo medio paquete de azúcar en la taza y bebe a sorbos pequeños mientras las nubes gotean y el oleaje levanta sonidos de furor e ira. De tanto tiempo que pasa allí sentado, el café acaba estando aguado y frío, y sus pies empapados, y cada cuatro o cinco segundos cae una gota de agua bien alimentada de la punta de su nariz al suelo. Pero nada de esto le importa en absoluto, pues sabe que la felicidad no se la puede llevar el agua, pero la tristeza sí.
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martes, 17 de noviembre de 2009
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